Simulacro de cuarentena

Jorge Guaneme Pinilla

En un remoto pueblecito de cuyo nombre ya no puedo acordarme, gobernaba una alcaldesa muy celosa de la salud de sus parroquianos.
Aburrida de que en la localidad nada cambiaba, todo se repetía, como si el tiempo se hubiera detenido, la alcaldesa decidió un día poner el lugar a tono con lo que acontecía en el resto del mundo. Y para salir del marasmo e imprimirle a la población un barniz de cambio, decretó un simulacro.
Basándose en el principio de precaución y considerando que en cualquier momento podía llegar lo inesperado, digamos un virus, como había sido el caso de una lejana nación al otro lado del mundo, la burgomaestra decretó simulacro de pandemia y ordenó a todos los parroquianos encerrona total durante el fin de semana que se aproximaba. Sólo por aplicar el principio de precaución, dijo, tan sólo para espantar el hastío.
Y el pueblo, acostumbrado a recogerse en casa a diario porque no había a qué salir, obedeció. Pero transcurrió el fin de semana y al lunes siguiente el planeta despertó bajo la declaratoria de pandemia global. Que el virus acababa de arribar a puertos y aeropuertos, decían las noticias. Y contra todo lo esperado, el simulacro en el pueblo se prolongó indefinidamente.
El aburrimiento de los parroquianos invadió entonces los hogares. No se podía salir ni a la esquina de la casa. Al cabo de unas semanas, se hizo insoportable. Fue cuando Mariajosé y Josemaría, decidieron invitar a una fiesta clandestina para burlar la encerrona. Invitaron a una decena de compinches, deseosos de reunirse a intercambiar chismes, sin los cuales la vida de pueblo se haría invivible. Carmencita y Rodrigo entre ellos, enamorados como estaban, acudieron a la secreta encerrona clandestina pues iban a anunciarles su compromiso reciente y la cercana fecha de su matrimonio. Tras la libación de exquisitos licores y la degustación de las delikatessen que cada uno había llevado, pasaron a los pasabocas de chismes.
Se oyeron entonces las más variadas y disparatadas versiones sobre la pandemia. Que los científicos chinos, asfixiados por el aire viciado que respiraban en Pekín, inventaron un virus a manera de antídoto para frenar definitivamente el cambio climático, y que, para asombro de los habitantes de Pekín, tras unas pocas semanas de pandemia, el cielo de la ciudad se había tornado transparente y nítido, lo cual hizo superfluo el uso de tapabocas que usaban para evadir el aire viciado que había antes.
Pero surgieron opiniones distintas: si el virus amenazaba acabar con esa nefasta especie humanoide que todo lo degrada y destruye, bienvenido sea, puesto que nos ahorraría la preocupación por el cacareado cambio climático y se salvarían las demás especies, dijo la pareja que regentaba un asilo para perros abandonados.
Que es un complot de Bill Gates para hacer negocio redondo, vale decir en redondo de todo el planeta, vacunando a siete mil millones de personas, aseguró alguien que dijo estar muy bien informado; que el complot no es de Bill Gates sino de oscuros y larvados intereses para destruir China y acabar con el peligro amarillo, contraatacó otra voz; que esto podía ser cierto pero que era preciso notar que los chinos, tan astutos, al darse cuenta de que las acciones de todas las empresas que tenían inversiones en China se habían desplomado con la pandemia, aprovecharon para comprarlas todas a precio de bancarrota, adueñándose de gran parte de la producción mundial, agregó alarmado un experto administrador de empresas; que además de haberlo comprado todo, controlaron rápidamente el virus, lo etiquetaron made in China y lo exportaron al resto del mundo, monopolizando de paso la producción y distribución de mascarillas para las aterradas naciones de Occidente, agregó; que el paladín de Occidente, burlándose de toda esta alharaca, minimizó el asunto y le mostró al mundo esperanzado que todo se puede manejar a través de la tecnología de punta que ofrece Twiter, dijo una dama experta en informática; que es una medida filantrópica para disminuir el crecimiento de la población mundial porque si sigue creciendo ya no cabemos y tampoco hay otro planeta al alcance de nuestra irrefrenable compulsión reproductiva de conejos, sobre todo de los que no tienen televisión y que además ya no rezan antes de ir a dormir, dijo una parroquiana militante de los Testigos de Jehová; que es una secreta medida de un 0,001% de ricos extravagantes para instaurar un gobierno mundial que logre controlar las crecientes protestas de una población envalentonada y peligrosa, intervino de nuevo la experta en informática; que una prueba de lo anterior es esa nueva tecnología de punta disfrazada bajo el código 5G, dotada de todo lo necesario para vigilar y detectar cualquier movimiento, desplazamiento, deseo, pensamiento o malas intenciones de cualquier habitante del planeta, lo cual traería, por fin, un verdadero orden mundial. La prueba de esto es que las protestas callejeras en París, Santiago de Chile, Colombia, Hong Kong, etc., desaparecieron como por encanto; y su esposo la apoyó alertando que una prueba más de que esto último era verdad, era un video donde aparecían unos magnates gordos y rozagantes que en el secreto bunker desde donde manipulan el mundo, rivalizaban en carcajadas mientras agotaban las reservas de whisky y uno de ellos proclamaba:
¡Lo hemos logrado, socios, lo hemos logrado! Tenemos a todo el mundo encerrado en casa y paralizado de miedo. He ahí la fórmula de la manipulación mundial: el miedo. Y a partir de este momento podremos brindarle en bandeja, a cada habitante del planeta, la satisfacción plena de sus deseos: no sólo podremos saber de antemano cuáles son sus deseos. Lo más interesante es que nosotros mismos los estamos manipulando de tal manera que hemos inducido en cada uno de ellos los deseos que nos convienen para incrementar el consumo de lo que nosotros producimos. Todo fríamente calculado: el 5G lo teníamos preparado y listo antes del Covid19 y estos dos factores combinados, nos brindan la encerrona global en favor de nuestros intereses: somos los dueños del mundo y del destino de sus habitantes.

Y así, durante el transcurso de la fiesta clandestina en una anónima vereda rural del pueblito de marras, cada uno expresó sus opiniones y ejerció el derecho a la libre expresión. Hubo luego una sección de temas pueblerinos y ya al amanecer, saturados de jolgorio, regresó cada uno a su casa, felices de haber burlado el exagerado celo de la alcaldesa.
Al cabo de unos diez días, uno de los invitados, Rodrigo, resultó contagiado, o por lo menos eso diagnosticaron los médicos en el hospital del lugar. Todos los de la fiesta cayeron entonces bajo control. Resultado: el 70% infectados. Carmencita, la prometida de Rodrigo, sigue gozando de buena salud, pero agoniza de ver que el matrimonio ya no se puede realizar. Rodrigo tuvo que permanecer en el hospital, aislado, sin visitas. Y contra todo lo esperado, el joven y bello Rodrigo murió unos días después. Carmencita desesperada, sin un sentido que la anime a seguir viva, amenaza con eutanasia autoinducida. Del resto de infectados, se recuperan todos, menos uno que murió una semana después. Murieron por una gripe mal diagnosticada y peor tratada, dijo un aventajado estudiante de medicina, y aseguró que a su juicio habían muerto por tromboembolia pulmonar desencadenada por la obstrucción de las arterias pulmonares que le quita el oxígeno a los pulmones.
Lo único que yo saqué en claro, ya al final de la fiesta, fue descubrir que los franceses se contaminaron más rápido porque al saludar, como era su costumbre, se daban triple beso en la mejilla; segundo, que los más sanos, los esquimales, han logrado mantenerse sanos porque se saludan con la punta de la nariz congelada; y tercero, descubrí que yo mismo he vivido en cuarentena desde hace años, cuando me dejó mi mujer que prefirió mudarse al cementerio.

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